Anatomia de una espada japonesa
La katana es mucho más que una hoja de acero. Cada uno de sus componentes cumple una función específica, fruto de siglos de evolución en la forja japonesa.
La tsuka (empuñadura) está recubierta de samegawa (piel de raya) y envuelta con el tsuka-ito, un cordón trenzado que mejora el agarre. Bajo este trenzado se encuentran los menuki, pequeños adornos metálicos que además ayudan a sujetar la espada con mayor comodidad. El extremo de la empuñadura se denomina kashira, mientras que el fuchi es la virola metálica situada junto a la guarda.
La tsuba es la guarda que protege la mano y equilibra visualmente el arma. Entre la tsuba y la hoja se encuentra el habaki, una pieza metálica fundamental que fija la hoja dentro de la vaina.
La hoja, o ha, presenta varias zonas características. El hamon es la línea visible producida por el temple diferencial, uno de los rasgos más apreciados de una katana. El shinogi marca la línea de transición entre las superficies de la hoja, aportando resistencia estructural. La punta recibe el nombre de kissaki, separada del resto por la línea llamada yokote. En la propia punta puede apreciarse el boshi, continuación del temple diferencial.
La parte oculta de la hoja es el nakago o espiga, que se introduce en la empuñadura. En ella se encuentra el mekugi-ana, el orificio por el que pasa el pasador de bambú (mekugi) que mantiene unidas todas las piezas.
La vaina, denominada saya, protege la hoja cuando no está en uso. Unido a ella se encuentra el sageo, un cordón utilizado tradicionalmente para sujetar la espada al cinturón del samurái.
Cada elemento de la katana combina funcionalidad, artesanía y simbolismo, convirtiendo esta espada en una de las armas más refinadas de la historia.